Es un dato ya
conocido el que las mujeres son las primeras víctimas en cualquier guerra. Tomadas
como botín, como esclavas domésticas y sexuales, su dignidad y seguridad
desaparece, y que decir de sus derechos como seres humanos. Esto ha pasado, y
sigue pasando, en cada guerra de la que se tenga registro. Más allá del tiempo
y del contexto, la crueldad humana -exacerbada en tiempos de guerra- se ha ensañado
especialmente con las mujeres.
La película “Las
inocentes” se basa en hechos reales y nos instala en 1945, en un convento cerca
de Varsovia, en donde un grupo de monjas se encuentran embarazadas luego de las
continuas arremetidas de soldados del ejército rojo. Ante la vergüenza y la
posibilidad de rechazo, las religiosas intentan mantener el hecho en secreto
hasta que el riesgo de vida de una de ellas obliga a pedir ayuda a una joven
francesa de la Cruz Roja, que se encuentra en la zona como parte del equipo
médico que busca repatriar a los heridos franceses desde Polonia.
La relación
entre esta tenaz e idealista simpatizante comunista y las monjas es uno de los
ejes centrales del filme. Se trata del encuentro entre la necesidad de hacer
algo entre tanta brutalidad y la crisis de fe de aquellas mujeres que no
entienden cómo el Dios en que creen permitió que fueran víctimas de una
violencia que hoy les impone vida contra su voluntad y sus votos.





