lunes, 23 de noviembre de 2015

"Chicago Boys" de Carola Fuentes Rafael Valdeavellano

Hay pocas veces en que uno puede denominar una película como imprescindible. Para llegar a eso el filme en cuestión debe tener no sólo una alta calidad técnica y un uso apropiado del lenguaje audiovisual, sino aportar con sus contenidos, de manera significativa, a la mirada que tenemos sobre el mundo que nos rodea. Darnos pistas y dejarnos con muchas preguntas. El documental Chicago Boys cumple con todo eso y más.

“Ellos construyeron el país en que vives” es la frase que ha acompañado la difusión de la película. Y en un momento en que el modelo neoliberal hace crisis por doquier, ayuda mucho poder conocer –o recordar- de dónde viene este sistema,  cómo llegamos hasta acá. Cuáles eran y son los valores de aquellos encargados de transformar Chile en el laboratorio del sistema neoliberal, que para algunos se instala como el gran mérito de la dictadura, pero que la gran mayoría de los chilenos endeudados y precarizados laboralmente, seguimos sufriendo hasta hoy.

Aunque hay quienes han tildado el documental de televisivo -probablemente por la experiencia  laboral de sus creadores y por el apoyo de los fondos del Consejo Nacional de Televisión para su desarrollo-, me parece que los realizadores tienen consciencia de las posibilidades que separan el cine del reportaje televisivo y utilizan esas posibilidades como herramientas para ir armando un discurso más complejo de lo que el formato televisivo permite.

Esto es evidente especialmente en el montaje de la película. Hay una construcción dramática muy eficiente que parte de las anécdotas y simpatías que pueden generar las experiencias de un grupo de jóvenes chilenos estudiando en la prestigiosa Universidad de Chicago en la década de los ’50. Hay sonrisas en los recuerdos y delicioso material audiovisual para acompañar el relato, el que de a poco –y casi imperceptiblemente- se va volviendo cada vez más denso hasta llegar a explicitar la manera en que se pusieron en obra esos conocimientos adquiridos en Estados Unidos, en el Chile bajo dictadura. La visión de estos economistas de las violaciones a los derechos humanos que permitieron estos radicales cambios y su mirada sobre la desigualdad que impera en el Chile actual.

Chicago Boys es valioso como un ejercicio de reconstrucción histórica –el material de archivo que presenta es notable-, pero especialmente como ejercicio testimonial. Son los mismos protagonistas de la historia económica del Chile de los últimos cuarenta años quienes dan cuenta de su visión del pasado y del presente del país, con una conciencia y una desenvoltura realmente impresionante. Ahí los méritos son especialmente de Carola Fuentes como entrevistadora, que mediantes conversaciones largas (de más de dos horas cada vez) logró que este grupo de economistas –varios de ellos ministros de Pinochet- dijeran cosas que no dejan de impresionar.

Es en el montaje también en donde se va construyendo el discurso propio de los realizadores, contraponiendo los testimonios de los personajes con material de archivo y actuales, sin sobre enfatizar. Sin una voz en off que vaya guiando el relato, sino exponiendo las imágenes de manera que sea el propio espectador el que evalúe lo visto desde su propia experiencia. Un Chile que construyo sus méritos económicos sobre la sangre de compatriotas, en donde el PIB es propiedad del 2% de la población y en donde los derechos –como las salud y la educación- se tranzan en el mercado, no se creó sólo. En Chicago Boys hay una valiosa mirada a cómo fue posible el Chile que hoy vivimos y sufrimos.

"No soy Lorena" de Isidora Marras

El primer protagónico en cine de la actriz Loreto Aravena (“Los 80”) llega con una historia de
identidades difusas. Una mujer –Olivia- que constantemente recibe llamadas de cobranza a su teléfono, pero a nombre de otra mujer –Lorena-, que ella no conoce. Olivia es una actriz que está no logrando conformar a su director –quien además su ex – con su interpretación, a pocos días del estreno. Esa mujer tiene, además, una mamá con alzheimer que va y vuelve de sí misma (Paulina García en otro excelente trabajo), y un vecino travesti que se transforma en su único confidente. Así, el mundo que rodea a Olivia, o Lorena, está cruzado por identidades en constante cambio.

Esta es el primer largometraje de Isidora Marras, egresada y ahora docente de la Carrera de Dirección Audiovisual de la Universidad Católica de Chile. Luego de dirigir varios cortometrajes y pasar por el taller documental en La Fémis – la prestigiosa Escuela de imagen y de sonido de París-, pasó con esta película en sus etapas iniciales por la sección Carta Blanca del Festival de Locarno y Work in progress de SANFIC, y ganó el premio Nuestra América primera copia, en el Festival Internacional de Cine de La Habana.

El tema de las cobranzas telefónicas es una experiencia que la misma directora vivió en sus años de universidad, cuando la acosaban telefónicamente cobrándole deudas a nombre de otra persona. Para poder liberarse de esa situación Isidora Marras tuvo que interactuar con el servicio al cliente de multitiendas y empresas de cobranzas, y se dio cuenta de la lógica kafkiana e impersonal que las gobierna. Tomar como punto de partida esa experiencia permitiría adentrarse en un discurso visual que, sin necesariamente caer en la denuncia, puede abrir puertas a reflexionar en los excesos del libremercado y sus consecuencias, puestas en el contexto, además, de las manifestaciones estudiantiles. Pero la película no se va por ahí.

No soy Lorena se mantiene todo el tiempo junto a su protagonista en sus avances y retrocesos. Esta mujer joven que trabaja para su ex y que lidia –o no- con la enfermedad de su madre. Para quien el tema de las cobranzas es una molestia que intenta resolver, pero sin ir a fondo con ella. Y quizás ese es el problema de Olivia y también de la película. No se decide a ir a fondo con nada. Encontramos a la protagonista en un estado de ambigüedad que no cambia a lo largo del metraje, sino que se hace cada vez más confuso llegando –ella y la película- a niveles que incluso la vuelven inverosímil.

Aunque se nota el excelente oficio de Isidora Marras para lo audiovisual, y especialmente para crear escenas de tensión atmosférica, la película no logra funcionar del todo porque se queda en un espacio de indecisión que si bien puede ser inicialmente atractivo no logra resolverse hacia un desarrollo y un final que resulten coherentes. No soy Lorena deja la sensación de ser un buen ejercicio visual y actoral, pero también nos abandona con la frustración de que –con todos los elementos presentes- podría haber sido una excelente película, si hubiese resuelto sus problemas de identidad.

La película está actualmente en cartelera en distintas salas de Chile.